HOMILÍAS/HOMILIES

Índice

Homilía 1

Traducción en Inglés

Domingo de Pentecostés

Ciclo A

 

Lecturas: 1) Hechos 2, 1-11      2)1 Corintios 12, 3b-7. 12-13      3) Juan 20, 19-23

 

Al leer los libros del Antiguo Testamento, notamos la presencia del Espíritu Santo en todas las obras de Dios desde el comienzo de la existencia humana.  Al ser creado el mundo, el Espíritu ya se cernía sobre las aguas bendiciéndolas.  Daba vida y paz a la tierra.  Desde entonces ha presenciado y bendecido todas las obras buenas de la humanidad.  Sin embargo, antes de ascender al Padre, Jesucristo les prometió a sus discípulos que les enviaría el Espíritu Santo de una manera más evidente.  Por esta razón la Iglesia celebra hoy, el Domingo de Pentecostés, como la fiesta de la revelación pública de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.  También  celebra el día del nacimiento de la comunidad Cristiana.  Hoy, las lecturas de esta gran fiesta que celebramos, nos muestran cómo el Espíritu Santo fue enviado por Dios Padre para bendecir a la comunidad de la nueva alianza anunciada por Jesucristo.   

 

La fiesta de Pentecostés celebra el principio de la Iglesia en el mundo.  Y celebra el día que al Espíritu Santo le fue encomendado el cuidado de la humanidad.  San Ireneo nos dice que la misma gracia divina que cayó sobre los discípulos en forma de lenguas de fuego posteriormente cae sobre la humanidad como agua que baja del cielo.  Y añade, “así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta lluvia gratuita de lo alto.”   

 

La gracia del Espíritu Santo les iluminó claramente, a los discípulos, el misterio de la salvación de la humanidad por medio del Hijo de Dios.  Les esclareció el misterio de la Iglesia, el cuerpo de Cristo, que nuestro Señor quiso dejarnos como prueba visible de su presencia en el mundo.  Tanto el Evangelio de la Misa Vespertina como el Evangelio de la Misa del Día hoy nos muestran los últimos encuentros de Jesús con sus discípulos.  En los momentos antes  de dejar visiblemente la tierra Jesús habló a los suyos.  Sabía Él que la pequeña comunidad de sus seguidores pronto entraría en una nueva etapa de su existencia.  Después de la Ascensión del Señor, la nueva situación de la Iglesia recién nacida iba a ser precaria.  Solamente si se mantenían unidos podrían alcanzar la verdad plena de la vida en Cristo.  Es por eso que Jesús les dice que no los abandonará.  Y les promete que les enviará el Paráclito, el Defensor, el Consolador, para guiarlos mientras caminan hacia una nueva vida junto a Él y junto al Padre. 

 

En la Segunda Lectura, San Pablo nos recuerda que el Espíritu que recibieron los apóstoles ese primer Domingo de Pentecostés también lo recibimos todos nosotros.  Su gracia llega a todos los miembros de la Iglesia pero cada miembro la recibe de una manera diferente.  Por lo tanto, podríamos decir que el Espíritu Santo existe, a la vez, en la Iglesia en general y en cada miembro de la Iglesia en particular.  Debido a los diferentes carismas concedidos abundantemente a cada persona para el bien de todos, el cuerpo de Cristo se desarrolla en armonía.  Un predicador Africano, hablando en el siglo sexto sobre el Domingo de Pentecostés, dijo, “Así como entonces un solo hombre, habiendo recibido el Espíritu Santo, podía hablar en todas las lenguas, así también ahora es la unidad misma de la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, la que habla en todos los idiomas”.  La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia se muestra en la unidad y la coherencia de la comunidad. 

           

            Hermanas y hermanos, oremos al Espíritu Santo para que nos una y nos llene de sabiduría y valentía para que, siguiendo el ejemplo de San Pedro y los demás apóstoles y discípulos, podamos mostrar al mundo nuestra fe en Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador.  Ven, Espíritu Santo, ven.