HOMILÍAS/HOMILIES

 

Índice

 

Homilía 1

Traducción en Inglés

Exequias

 

Cuando nos reunimos de esta manera, para dar nuestro último adiós a N., la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el cielo, nuestra patria definitiva a la que el Señor nos llama.  Durante la última Cena, el Señor les dijo a sus discípulos que Él volvía a su Padre Celestial pero que no debían preocuparse porque volvería y les llevaría a un sitio donde podían estar con Él otra vez.

 

A nosotros también nos promete que si hemos sido fieles a Él y hemos procurado seguir sus enseñanzas a lo largo de nuestra vida, nuestra muerte será un encuentro feliz con Él. Mientras tanto lo tenemos presente ahora en el Santísimo Sacramento y debemos acudir a Él siempre que podamos porque del trato habitual con el Señor nace el deseo de estar con Él para siempre.

 

Si tenemos fe en Nuestro Señor, no debemos temer la muerte.  El amor que tenemos por Él debe cambiar por completo el sentido de ese momento final que llegará a todo el mundo. Mientras esperamos ser reunidos con el Señor, el pensamiento del cielo nos ayuda a vivir una vida honesta, a mantenernos en oración con Dios, y, a la hora de la tentación, a pensar que hay un cielo que nos aguarda.

           

La bienaventuranza eterna del cielo es una de las grandes verdades que predicó Nuestro Señor. Comparó el cielo a una mansión que Dios prepara para los que siguen sus mandatos. En la última cena les dijo a sus discípulos: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar...” En el cielo quedarán saciadas las ansias de felicidad que llevamos todos en el corazón.

 

Siempre debemos recordar que mientras vivimos aquí en este mundo nada es irreparable. Todos nuestros pecados pueden ser perdonados. Él único fracaso de nuestras vidas sería no confesarnos, no pedir perdón por nuestros pecados, y encontrarnos con la puerta que lleva al cielo cerrada. Por eso la Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte confesando nuestros pecados frecuentemente y pidiendo a la Virgen María, la Madre de Dios, que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte."

 

San Francisco de Asís dijo en su cántico:

Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!

Ningún ser viviente escapa de su persecución;

¡Ay si en pecado grave sorprende ella al pecador!

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

 

Homilía 2

Traducción en Inglés

Exequias

 

            En el evangelio según San Juan, Jesús les dice a los discípulos: “Para ir a donde voy, ustedes saben el camino.” Y Santo Tomás le dice a Jesús: “Señor, no sabemos dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?" Y Jesús le responde: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí."

 

            Con estas palabras Tomas expresa su incertidumbre. Es el mismo reparo que sentimos a menudo todos los humanos al llegar la muerte. Nos preguntamos ¿Porqué tenemos que morir? ¿Cómo podemos hacer frente a esta tragedia? Es natural sentir dolor por la muerte de un ser querido. Sin embargo, como Cristianos, sentimos, a la vez, una esperanza firme de que la muerte es el comienzo de una separación más a menos larga. Reconocemos que tarde o temprano nosotros también sentiremos la llegada de la muerte. Sabemos que la vida humana es demasiado valiosa para que desaparezcamos sin dejar rastro. De esto estamos muy conscientes cuando se trata de la muerte de alguien a quien amamos. Nos acordamos de ellos a menudo y cada vez que lo hacemos perpetuamos su memoria entre nosotros. Siguen viviendo en nuestra memoria.

 

            Pero también hay otro aspecto de la muerte que debemos recordar. Nosotros, como cristianos, creemos que la muerte no es término sino tránsito: no es ruptura, sino transformación. Creemos además que, cuando llega la hora de la muerte, cuando nuestra existencia temporal Llega al limite extremo de sus posibilidades, en ese limite se encuentra no el vacío de la nada, sino las manos misericordiosas del Dios vivo, que nos acoge y convierte esa muerte en semilla de nuestra resurrección.

 

            La muerte es ciertamente la mayor crisis que podemos vivir. Lo sentimos mucho más porque reconocemos que algún día nosotros también tenemos que morir. La muerte nos arranca forzosamente todo nuestro ser y todo nuestro haber. Es además una crisis irremediable a la que no podemos responder. Nos quita la palabra: es muda y nos hace mudos. Solo nuestra fe en Dios puede responder a esa incertidumbre nuestra sobre la muerte. Nuestro Padre celestial siempre es nuestro mejor amigo y aliado. Por eso, en estos momentos tan tristes, no puede contemplar indiferente lo que le ha ocurrido a su hijo(a) N. A la hora de morir, Dios esta ahí con el(ella) para acogerlo(a) y dar su respuesta a la muerte que es la vida y la resurrección.

 

             En su Segunda Carta a su amigo Timoteo, San Pablo le dice a él y, a través de los siglos a nosotros también, que: "Estas palabras de esperanza son muy acertadas. Si hemos muerto con Cristo, con él también viviremos." Pablo no nos dice que no debemos sentir tristeza cuando un ser querido muere. Sin embargo nos advierte que nuestra tristeza no debe ser desesperada. En un plazo más o menos próximo, esta separación dolorosa terminará y nos reencontraremos.

 

            Como Cristo, el cristiano no muere para quedar muerto, sino para resucitar: no entrega su vida en balde, se la devuelve a su Creador. En la muerte los cristianos alcanzamos nuestra plenitud de ser y de sentido que es la vida verdadera, la vida eterna. Debemos recordar que no hay dos vidas, esta y la otra. Lo que se suele llamar "la otra vida" no lo es. En realidad es la continuación de la vida en toda su plenitud. La vida que comenzó con el bautismo en la fe y que ahora se consuma en la comunión inmediata con nuestro Padre.

 

            Hermanas y hermanos, estamos reunidos aquí para orar por nuestro(a) hermano(a) N. La separación que la muerte representa no significa que N. queda fuera del alcance de nuestro amor. Nuestro amor le llega en forma de oración, en la medida en que lo necesita. Es toda la Iglesia la que ahora se une a nosotros en la oración por su hijo(a) N. que en este momento critico comparece ante Dios. Pero no comparece en solitario. Nosotros estamos con N., la Iglesia entera esta con él(ella) y evoca para él(ella) las palabras consoladoras de Nuestro Señor: "No se turben: ustedes creen en Dios, crean también en mí... volveré y los llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estén también ustedes. Para ir a donde voy, ustedes saben el camino.”

 

Homilía 3

Traducción en Inglés

Exequias

             Este es un día muy doloroso para la familia y los amigos y compañeros de N.  El dolor, la enfermedad y, sobre todo, la muerte nos ponen ante situaciones de la vida que nos hacen preguntarnos muchas preguntas que llegan al fondo de nosotros mismos.  Supongo que es que todos amamos tanto la vida y somos muy vitalistas, que incluso cuando alguna enfermedad, algún accidente, pone en peligro la vida las preguntas nos llegan muy dentro.  Y estas preguntas son mucho más serias cuando experimentamos una muerte en la familia o entre nuestros amigos o conocidos.

 

            Dudamos.  Y a veces hasta nos preguntamos.  ¿Cómo es posible tanto dolor?  ¿Será que Dios se ha olvidado de nosotros?  ¿Será que ya no nos quiere?  ¿Será que nos castiga?

 

            Y es que la muerte siempre hace que tengamos que escoger, de decir sí o no, a nuestra fe. 

 

            Ahora estamos aquí como creyentes, es decir, desde nuestra fe nos enfrentamos la realidad de la muerte.  Y ¿qué hacemos aquí, como creyentes?  Además de recordar a N. – su vida entre nosotros y su manera de vivir, sobre todo recordamos otro nombre y otra muerte, el nombre y la muerte de Jesús.  Y le damos gracias a Dios porque la muerte de Nuestro Señor no fue inútil, sino que nos trae para nosotros la salvación.  Y junto al nombre y la muerte de Jesús ponemos hoy el nombre de N. – y también otros nombres y otras muertes de nuestros seres queridos - y confesamos y creemos que tampoco esas muertes han sido inútiles o sin sentido.  Estas muertes, unidas a la de Jesús, son también principio de salvación y vida.

 

            Por eso los Cristianos hacemos de esta reunión una celebración; no celebramos el poder de la muerte, que nos asusta.  No celebramos que nuestra vida esta siempre llena de muerte o amenazada por la muerte.  Celebramos otra cosa bien distinta: que nuestra muerte esta llena de vida al unirse a la muerte de Jesús.  En medio del dolor lo que de verdad celebramos no es la muerte, sino la resurrección.  La resurrección de Jesús.  Pero no sólo ella.  Celebramos también la resurrección de N, la de aquellos difuntos nuestros que siempre recordamos en nuestras oraciones, y, claro está, nuestra propia resurrección.  Así que delante de la muerte, recordemos a la resurrección y alegrémonos por ella.

 

            Cuando celebramos la Santa Misa, después de la consagración, decimos: "Anunciamos tu muerte.  Proclamamos tu resurrección. Ven Señor Jesús".  Y este es el gran anuncio que hoy nos da la fe.  Cristo mismo nos dice: no se asusten, no tenga miedo.  La muerte no es el final de la vida.  Cristo Jesús nos espera a todos para darnos la recompensa que merecemos.

 

            Para los que creemos en el Señor, la vida no se nos quita, se nos cambia.  Se nos cambia por otra mejor y definitiva.  Ya no será una vida amenazada por la muerte, ni por el dolor.  Por eso para los creyentes la muerte de un ser querido es, sobre todo, un recuerdo de nuestra propia de resurrección.  Claro está, tenemos muy claro siempre lo doloroso que puede ser la vida y la aceptamos con valor y sacrificio.

 

            Así que cuando recordamos a N en nuestras oraciones, juntemos su nombre al nombre de Jesús, recordemos la resurrección que es nuestro destino y así puede ser que entendamos un poco mejor el sentido de la muerte en nuestra vida.

 

            En este día tan triste para nosotros, confesemos y celebremos la resurrección de Jesús, que es confesar y celebrar nuestra propia resurrección.